En fotografía, vemos una de las primeras instantáneas que se tomaron al Santo Cristo de la Vera-Cruz, publicada en la Revista de Feria de 1926.
Sobre el origen de la imagen del Santo Cristo de la Vera-Cruz de Dos-Hermanas existen, al menos tres teorías. Una de ellas apunta a un origen americano y entronca con una vieja tradición de nuestra ciudad que habla de que fue traído de las Indias, sin especificarse la zona.
Pensamos que esta teoría que afirma que la talla procede del otro lado del océano es la más acertada, dado el material con el que estaba confeccionado (fibras de maguey). Ya en la Revista de Feria de 2015 tuvimos la ocasión de mostrar nuestra hipótesis al respecto, aportando pruebas documentales. Y en esta ocasión la volvemos a recoger. A mediados del siglo XVI, existía en Sevilla un piloto de navío llamado Santiago de Ucín. Nacido a principios de esa centuria en la capital hispalense, era hijo de Juan de Ucín y de María Juana de Olano, y estaba casado con María Ibáñez, hija a su vez del carpintero vizcaíno asentado en Dos-Hermanas, Ordoño de Urresti y de Juana Martín. Este Ordoño, por cierto, estuvo muy ligado a la hermandad de la Vera-Cruz de nuestra ciudad, siendo incluso cofrade de ella. El matrimonio no tuvo descendencia, pero Ucín tuvo una hija natural, llamada Catalina Camino, que curiosamente fue puesta bajo la tutela y curaduría de María Ibáñez y de María Juana de Olano.
Pues bien, Santiago de Ucín marchó numerosas veces a la Nueva España (lo que hoy en día es México), debido a su profesión. Comerciaba, además, con paños y pasaba largas temporadas en la Villa Rica de la Vera-Cruz, donde participó de manera activa en la vida cotidiana y religiosa de esa ciudad mejicana. Allí adquirió numerosos bienes que mandaba a la península, a su domicilio sevillano. En un momento dado, bien pudo adquirir en aquella ciudad la imagen del Santo Cristo de la Vera-Cruz y enviarla, en principio, a su oratorio privado.
En septiembre de 1562 fallecería Ucín, siendo su cuerpo sepultado en la iglesia mayor de Vera-Cruz. En los años sucesivos se fueron cumpliendo las distintas cláusulas testamentarias, y una de ellas mandaba que en el monasterio de San Francisco el Grande de Sevilla se dijesen por su alma veinticinco misas rezadas dedicadas a la Pura y Limpia Concepción de la Virgen María. Y es aquí cuando en 1567 su mujer y albacea, María Ibáñez, decidió que una de esas misas debía decirse no en el mencionado monasterio sevillano, sino en la parroquia de Santa María Magdalena de Dos Hermanas, y la encargada de decirlas debía ser la hermandad de la Santa Vera-Cruz de esta villa. No olvidemos que tanto Dos Hermanas como la referida cofradía estaban muy vinculadas a la familia de María Ibáñez.
Para que la cofradía pudiese sufragar esa memoria de misas, Ibáñez le donó «vn sitio y solar con sus çimientos de piedra e ladrillo y vn pozo que en él está con todo lo que le perteneçe e perteneçer debe que es en este lugar [de Dos Hermanas] en la calle Real, que linda por la vna parte con la dicha calle Real y por la otra parte con casas de Juan del Río, vecino deste dicho lugar e por detrás con el exido que dizen deste lugar y vn cruçifixo grande y vn guadameçil buenos e otros qualesquier bienes así muebles como rayzes». Y queda claro que la hermandad recibiría esos bienes con la «condiçión que desde agora en adelante en cada vn año para siempre jamás sea obligada esta dicha cofradía e nos los dichos hermanos y cofrades que agora somos y de aquí adelante fuéremos de hazer dezir y cantar en la yglesia deste dicho lugar por las ánimas del dicho Santiago de Vçín y de Orduño de Vrresti, su suegro, y de Juana Martín, su muger difuntos, y de sus difuntos, vna fiesta con su misa cantada y bísperas el día antes y declaraçión del Santo Evangelio por el día de la Conçeçión de Nuestra Señora de cada vn año con la mayor solemnidad que se pueda y a pagar toda la limosna que se deviere de la dicha fiesta sobre el dicho sitio e solar e sobre los demás bienes en esta carta contenidos e sin otro ningún censo ni vínculo ni condiçión ni otra cosa alguna más de como está dicho y declarado conforme a la clávsula del testamento del dicho Santiago de Vçín y a su voluntad y de la dicha María Váñez (sic), su muger».
Estamos seguros de que aquel “cruçifixo grande” que hace mención el texto anterior es la imagen del Santo Cristo de la Vera-Cruz que hoy veneramos en la capilla de San Sebastián, y que pronto fue tomada por la hermandad como titular de la misma, desvinculándola de la memoria de misas.
En cualquier caso, el 28 de diciembre de 1567 los cofrades de la Santa Vera+Cruz se reunieron en cabildo en la ermita de Santa Ana y dieron poder cumplido y bastante al cofrade Pedro de Pozas, ausente en ese momento, para que en nombre de la corporación fuese a la ciudad de Sevilla y recibiese los bienes de María Ibáñez antes mencionados (el solar, crucifijo y guadamecil), lo cual tuvo lugar a principios del año siguiente.
Este sería, en resumen, la hipótesis que proponemos y que explicaría, por un lado, el origen de la imagen y, por otro, cómo llegó hasta Dos Hermanas. Ni que decir tiene que está sujeta a cambios, a medida que vayan apareciendo nuevos documentos que sirvan para esclarecer las numerosas lagunas que existen.
En cualquier caso, la primera referencia documental que existe del Santo Cristo de la Vera-Cruz es del siglo XVII y se encuentra en el testamento otorgado por Francisco Rodríguez el 28 de agosto de 1618, donde se ordena que se digan dos misas rezadas «en el altar del Santo Cristo de Señor San Sebastián desta uilla».
Autor: Jesús Barbero Rodríguez, 2020, publicado en su página de facebook "Dos Hermanas. Crónicas de un pueblo"
