Juan Miguel Martín Mena
Os presento una estampa.
Una de esas estampas que durante generaciones han habitado en los cajones de las casas, en las mesitas de noche, entre las páginas de un libro o detrás del cristal de un cuadro familiar. Imágenes pequeñas destinadas a acompañar la vida cotidiana y a sostener una devoción silenciosa que pasa de unas manos a otras con el paso de los años.
La obra nace de esa idea: la de una imagen que atraviesa el tiempo.
El Señor del Gran Poder aparece construido a partir de fragmentos, como si traspasara las capas de historia que ha construido esta devoción durante más de un siglo en Dos Hermanas. Papeles envejecidos, documentos, túnicas y veladuras se superponen formando un territorio de huellas, un lugar donde se acumulan las miradas y los gestos de quienes han sostenido esta devoción a lo largo del tiempo.
En la túnica conviven fragmentos de distintas túnicas que el Señor ha portado a lo largo de su historia. Cada uno remite a una época distinta, a una sensibilidad distinta, a generaciones que también dejaron su huella en la forma de vestir y contemplar la imagen. Frente a esos cambios, el rostro y las manos es lo único que permanece firme.
Entre esas capas aparece también el documento firmado por su escultor y hallado en el interior de la Imagen.
A los pies del Señor emergen unas siluetas apenas definidas: la presencia constante de las promesas. En gran medida, han sido las mujeres quienes han sostenido y transmitido esta devoción en Dos Hermanas. Las silenciosas promesas que caminan tras el Señor en la Madrugá. Las fotografías del Gran Poder en la cabecera del dormitorio. El hábito morado vestido cada día como expresión sencilla de fidelidad. Las visitas a la capilla entre “mandao” y “mandao”. Gestos humildes, repetidos generación tras generación, que han terminado construyendo una memoria compartida.
Las figuras aparecen sin rostro definido, sus identidades no importan. Importa lo que sostienen.
La silueta del Señor tampoco se presenta completamente fija. Se desdobla levemente, insinuando cómo la propia iconografía se transforma con los años: distintas cruces, distintas posturas de los brazos, distintas formas de vestir la imagen que han acompañado su historia.
La obra está realizada en técnica mixta sobre papel de algodón encolados a tabla. Estos papeles han sido envejecidos mediante café y sal, y posteriormente trabajados con grafito, aguadas y veladuras acrílicas. Sobre esta base se incorporan fragmentos de collage que van construyendo la figura, como si la imagen se recompusiera lentamente a partir de restos de memoria. El foco de color se concentra en el rostro y en la mano del Señor, trabajado con ceras y bolígrafo, de manera que la mirada encuentre allí el centro emocional de la imagen.
Un pequeño gesto rompe finalmente la quietud de la estampa: el pie del Señor avanza ligeramente fuera del marco que contiene la imagen. Ese gesto introduce una idea sencilla: Estos 125 años forman parte de una historia que sigue caminando.
“Los hombres pasan, El señor permanece”
Juan Miguel Martín Mena
